Julio Cortázar, fragmento final de "Ómnibus"
Él, de repente, se encontró
caminando calles conocidas con el anhelo de que se transformaran en largas
avenidas. Las palabras se le mezclaban con su corazón que jugaba al subibaja
desde el pecho hasta la misma garganta. Un frío inconmensurable le recorría la
frente, y los besos se le atascaban tan torpemente que esa noche, esa espesa
noche, los labios de ella parecían estar cancelados. Ella, mientras tanto, disimulaba
con entereza y cordialidad un temblor que crecía en sus entrañas. Caminaba con
un swing apurado y cansino a la vez, como sabiendo perfectamente a dónde se
dirigía. Transitaba esas calles como si
siempre hubiese sabido donde se dirigía, al menos con él a su lado. Las luces
madrugueras se reflejaban en su rostro destacando una belleza tan difícil de
medirse como de repetirse.
No era un lugar físico a donde
iban. No. Era mucho más que ello. Cuando estuvieron frente a frente y piel a
piel, sacudieron afuera todo miedo y toda duda. Dejaron brotar sus besos con un
ritmo musical, dejaron volar sus manos como pájaros que buscaban
desesperadamente la libertad, dejaron fluir sus caricias como el cauce más ágil
que jamás haya existido. Cuando al fin estuvieron juntos, el mundo se detuvo
por un buen rato. No había nada más que girar, nada más que hacer allí afuera; con
esos dos locos allí adentro,amándose de esa manera.


