miércoles, 8 de enero de 2014

Esos dos locos

"Pero cuando siguieron andando (él no volvió a tomarla del brazo) cada uno llevaba su ramo, cada uno iba con el suyo, y estaba contento"

Julio Cortázar, fragmento final de "Ómnibus"


Él, de repente, se encontró caminando calles conocidas con el anhelo de que se transformaran en largas avenidas. Las palabras se le mezclaban con su corazón que jugaba al subibaja desde el pecho hasta la misma garganta. Un frío inconmensurable le recorría la frente, y los besos se le atascaban tan torpemente que esa noche, esa espesa noche, los labios de ella parecían estar cancelados. Ella, mientras tanto, disimulaba con entereza y cordialidad un temblor que crecía en sus entrañas. Caminaba con un swing apurado y cansino a la vez, como sabiendo perfectamente a dónde se dirigía. Transitaba esas calles como si siempre hubiese sabido donde se dirigía, al menos con él a su lado. Las luces madrugueras se reflejaban en su rostro destacando una belleza tan difícil de medirse como de repetirse.

No era un lugar físico a donde iban. No. Era mucho más que ello. Cuando estuvieron frente a frente y piel a piel, sacudieron afuera todo miedo y toda duda. Dejaron brotar sus besos con un ritmo musical, dejaron volar sus manos como pájaros que buscaban desesperadamente la libertad, dejaron fluir sus caricias como el cauce más ágil que jamás haya existido. Cuando al fin estuvieron juntos, el mundo se detuvo por un buen rato. No había nada más que girar, nada más que hacer allí afuera; con esos dos locos allí adentro,amándose de esa manera.

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