Atravieso
la tierra desde el desierto hacia un mar de gente. Una serie de edificios
trípticos me advierten de la existencia de mi mente. Los veo y los pienso, me
parecen monstruos. No quiero pensar, quería dejar la mente allá. Allá en ese
delta que con su existencia ya pasada transforma el final del viaje en una
especie de entrada bélica al Alto Egipto. Sin valle, en otro país, con exceso
de civilización. Un valle, aunque posmoderno. Cierro los ojos, advierto gente.
Me doy cuenta que no somos ni más ni menos que contemporaneidad de existencias.
O no, mejor simultaneidad. Esa era la palabra que buscaba: simultaneidad; de
existencias.
sábado, 26 de octubre de 2013
miércoles, 16 de octubre de 2013
Miseria
Pisar un lugar donde la miseria es moneda corriente. Y no aquella
miseria material, sino la otra: la que no se ve, la que carcome el alma, la que
absorbe el corazón. Pisar un lugar donde habita esa miseria. Pisarlo e irte. Darte
vuelta, concentrarte en tu destino; ese destino propio que crees te aleja de
esa miseria. Ese destino, tu propia miseria. Tan destino es, que se transforma
en miseria. Tomás distancia, estás a salvo. Estás en tu miseria, la conocés, no
te asusta. Comparás y te consolás. Este accidente llamado vida destinó miserias
peores a otras personas peores. Te sentís a salvo. Miserablemente a salvo.
Hasta que te asquea tu comparación, caíste en la peor de las miserias. Sos el
peor. Debés salir corriendo a conocer otras vidas, otras miserias. Para
sentirte mejor, menos miserable. Menos inhumano.
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