Atravieso
la tierra desde el desierto hacia un mar de gente. Una serie de edificios
trípticos me advierten de la existencia de mi mente. Los veo y los pienso, me
parecen monstruos. No quiero pensar, quería dejar la mente allá. Allá en ese
delta que con su existencia ya pasada transforma el final del viaje en una
especie de entrada bélica al Alto Egipto. Sin valle, en otro país, con exceso
de civilización. Un valle, aunque posmoderno. Cierro los ojos, advierto gente.
Me doy cuenta que no somos ni más ni menos que contemporaneidad de existencias.
O no, mejor simultaneidad. Esa era la palabra que buscaba: simultaneidad; de
existencias.

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