lunes, 4 de noviembre de 2013

Berretines de café


Llegó rápido al bar. Entró y se sentó en una de esas mesas que parece que esperan a los desterrados de los bares. Esas mesas con vistas a la calle, del lado de la ventana. Pero de esas que tienen algo más. No se sabe bien qué. O sí. Gente atrás tienen. Se sintió sostenido. Siempre uno se siente sostenido cuando hay alguien detrás.

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Pidieron dos cortados americanos sin entender bien en qué se diferenciaban de otros cortados, preguntándose internamente si existen cortados europeos o algo por el estilo. Se dispusieron a charlar largo y tendido.

Un mozo más joven y alto que el que había tomado el pedido acercó los cafés e interrumpió el soliloquio de uno de ellos. Hablaban lo rutinario en esas ocasiones: se lamentaban  por la cantidad de tiempo sin verse ni llamarse, se preguntaban por las respectivas familias, por algunos amigos en común y por los viejos.

- Gracias viejo – contestó el Turco- haciéndose interior y anticipadamente problema por no saber a quién dejarle minutos más tarde la humilde propina.

Siempre pasa en esos casos, te atiende alguien y el pedido te lo trae otro. Uno nunca sabe si cuando sale del bar, la propina se reparte o no. Si se pelean o no. Si el otro terminó su horario laboral o uno no le cayó bien. No es problema de los clientes en todo caso, que ya demasiado tienen con sus cosas

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El Turco levantó la mano y se sentó. Vio irse a su amigo, y recién cuando se perdió detrás de un edificio, llamó al mozo sabiendo que le iba a dejar tres pesos de propina. Si, ya lo sabía. Le hizo el gesto de la cuenta, ese que se hace como si las cuentas se siguieran escribiendo a mano. A esta altura, habría que modificarlo por un gesto que imite a los dedos tecleando esas maquinas de donde salen los tickets. Registradoras les dice. Registran lo que cuesta una charla con un amigo.

Estaba raro, pensó. Por qué se fue tan rápido. Para qué se comprometió a ir a lo de la madre si sabe que cuando se juntan están tres horas hablando. Quizás está media mal Elena, se contestó.

- Veintidós pesos jefe –se oyó la voz del mozo-
- Todo tuyo che –dijo el Turco dándole dos billetes de diez y uno de cinco-. Gracias.

Se quedó dos minutos más ahí sentado. Estaba raro Fernando, por eso no se animó a contarle. Se sintió solo. La ventana se había llenado de gente aunque no había advertido en qué momento. Parecían insectos. Pero no buscaban nada más que enterarse de un resultado de fútbol. Estaban en comunión.

Se sintió solo. Por suerte la mesa seguía ahí. Y era de esas con gente atrás. Se sintió sostenido. Solo, pero sostenido.

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