“Las correcciones hechas durante
el proceso de creación son, por lo general, excusas para no seguir adelante”
De repente, siento la necesidad
imperiosa de escribir. Una mezcla de alegría, fatiga y apuro me llevan al
interior de la casa a buscar papel y birome. Vuelvo a salir. Estaba afuera hacía
varias horas, en el porche, observando ese microcosmos cotidiano. Ahora estoy
de vuelta allí. Regresé. Tengo el papel, la birome y sobre la hora traje a
Simone de Beauvoir para que haga las veces de apoyo sobre mis propias rodillas,
una de ellas castigada por los promiscuos mosquitos de noviembre. El mate
solitario de la tarde descansa al lado. Una tarde sin tiempos, sin apuros; una
tarde a la que le amputé un buen trozo guardándome bajo las sábanas revueltas y
sin descanso de anoche. Estiré las piernas un rato en realidad, dormité unos instantes.
El sueño anda reacio últimamente. Después sobrevino un tiempo de vagabundeo
hogareño y mental; hoy me había propuesto no salir de casa. De eso quería
hablar. Me lo había propuesto casi como obligación, una imposición sin ningún
tipo de sentido; aunque vale la pena aclarar que tampoco me gasté mucho en
buscarle uno.
Ahora estoy de vuelta en el
porche. Tenía el impulso de la escritura, de la verborragia que hace picar las
muñecas, aunque no sabía cómo darle inicio. Me propuse un juego: abrir el apoya
mate y jugar al azar, comenzar con la primera palabra que apareciese en el margen izquierdo del
libro. Ah sí, esta tarde un libro me sirve para apoyar el mate, que a estas horas, cuando la noche se avecina lentamente, ya se encuentra lavado. El juego se frustró, no funcionó. Vaya a saber
por qué Jack Kerouac menciona la palabra culo en una hoja perdida de sus
relatos de viaje por el Estados Unidos periférico. Como sea, no me dí segundas chances y comencé
como pude. De alguna u otra forma ya llegué hasta acá, aunque no creo en el
destino de las palabras. Acá, sólo estoy físicamente. En este lugar, al frente
de la casa, donde tenía algo para contar. O tengo.
Cae la noche y hace ya un largo
rato que las fotocélulas de la calle despertaron a un nuevo día de sus vidas
callejeras. Siempre siento que se apuran. Allá ellas, quizás cobren
presentismo, pienso. La que tengo exactamente delante mío fue la primera en llegar al
trabajo cotidiano. En este momento refleja en la tierra de la calle una luz que
se mezcla armoniosamente con los últimos reflejos del día. Pasa una grúa de
remolque. Ese episodio, para esta cuadra, equivale a un milagro de la
civilización que rompe con el más absoluto silencio que se agudiza minuto tras
minutos gracias a unos pocos grillos, algunos ladridos de perros solitarios y
las puertas de sábado a la noche que se abren y se cierran encontrando visitas,
abrazos y picadas. Cuando la grúa pasa, me detengo a observar la calle
bellamente iluminada, y caigo en la cuenta que si no corro mi vista de ella, si
la fijo por unos segundos, esa mezcla de luces se me representa fantástica y se expande a mi interior. Me
invade un júbilo inmenso. Súbitamente, siento unas ganas irrefrenables de salir
a caminar bajo esa luz, que ya se proyecta más allá de mi visión. Salir sin rumbo
fijo, siguiendo las sombras de aquella luz. Salir.

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