miércoles, 8 de enero de 2014

Esos dos locos

"Pero cuando siguieron andando (él no volvió a tomarla del brazo) cada uno llevaba su ramo, cada uno iba con el suyo, y estaba contento"

Julio Cortázar, fragmento final de "Ómnibus"


Él, de repente, se encontró caminando calles conocidas con el anhelo de que se transformaran en largas avenidas. Las palabras se le mezclaban con su corazón que jugaba al subibaja desde el pecho hasta la misma garganta. Un frío inconmensurable le recorría la frente, y los besos se le atascaban tan torpemente que esa noche, esa espesa noche, los labios de ella parecían estar cancelados. Ella, mientras tanto, disimulaba con entereza y cordialidad un temblor que crecía en sus entrañas. Caminaba con un swing apurado y cansino a la vez, como sabiendo perfectamente a dónde se dirigía. Transitaba esas calles como si siempre hubiese sabido donde se dirigía, al menos con él a su lado. Las luces madrugueras se reflejaban en su rostro destacando una belleza tan difícil de medirse como de repetirse.

No era un lugar físico a donde iban. No. Era mucho más que ello. Cuando estuvieron frente a frente y piel a piel, sacudieron afuera todo miedo y toda duda. Dejaron brotar sus besos con un ritmo musical, dejaron volar sus manos como pájaros que buscaban desesperadamente la libertad, dejaron fluir sus caricias como el cauce más ágil que jamás haya existido. Cuando al fin estuvieron juntos, el mundo se detuvo por un buen rato. No había nada más que girar, nada más que hacer allí afuera; con esos dos locos allí adentro,amándose de esa manera.

domingo, 5 de enero de 2014

Derrota inexorable

"Por eso muero por vivir, hasta estar listo a morir"

Pedro Aznar, "Muriendo por vivir" (adaptación de "Dying for live" de Edgar Winter)


Sólo existe una pelea cuyo final está escrito de antemano. Y digo pelea porque de eso se trata este camino, de pelearle, de distraerse, de amarse. La batalla contra la muerte es la única contienda con resultado digitado, la única derrota final inexorable de nuestra existencia.

Nuestro arte de vivir consiste en engañarla un rato; hacerle creer que por unos minutos, días o años la estamos venciendo, aunque solo podamos retrasarla. Su arte de hacer morir consiste en hacernos creer que podemos engañarla por un tiempo determinado.

Está en cada uno entender que cada individuo le da pelea a su manera, lo que implica comprender que cada ser la engaña como quiere. Es decir, se distrae hasta la derrota como más le guste, como prefiera, o simplemente...como pueda.

jueves, 2 de enero de 2014

El camino

"La vida de cada hombre es un camino hacia sí mismo, el intento de un camino, el esbozo de un sendero"

Herman Hesse

El camino se abre desde el punto cero, tan promiscuo como infinito. Nada de lo que hay alrededor importa, no hay gente corriendo, no hay apuros, no hay injusticia ni explotación. Al menos no lo hay si me concentro en el camino, si no vuelvo mis agujeros hacia los costados y la retaguardia. Es dura la elección, quizás descarrile.

domingo, 15 de diciembre de 2013

La nada

"La nada existe antes que el amor, pero el amor la crea"

Juan Gelman


- ¿Qué te pasa? 
- Nada...

Quizás sea eso que ves en esos hombres sin edad pero con barba que levantan una palma hacia arriba esperando que algo –una moneda, un plato o mejor una mirada sincera- complete el hueco de su mano. Tal vez sea ese sentimiento tan frío que te invade cuando estás a punto de acostarte, y advertís que tus sueños, tus miedos y tu ser más profundo solamente son conocidos por vos mismo. Por ahí sea esa luz de aquel departamento altísimo que se prende a la madrugada simplemente para que adviertas que algún alma habita el piso, y que se fusiona con la luz del alba. En una de esas, se trata de esos silencios que llenás cuando tenés miedo de caer en un abismo; o en tu conformismo infinito que te lleva a que nada de lo que pasa alrededor te importe. Quizás sea el exceso de información que te transforma en un ser tan gélido como inconmovible. Es probable que, en este mundo sobrecargado de gente, tan habitado como sordo, tan conectado como incomunicado, la nada sea la soledad. 

lunes, 25 de noviembre de 2013

Aquella luz y el impulso

“Las correcciones hechas durante el proceso de creación son, por lo general, excusas para no seguir adelante”

John Steinbeck


De repente, siento la necesidad imperiosa de escribir. Una mezcla de alegría, fatiga y apuro me llevan al interior de la casa a buscar papel y birome. Vuelvo a salir. Estaba afuera hacía varias horas, en el porche, observando ese microcosmos cotidiano. Ahora estoy de vuelta allí. Regresé. Tengo el papel, la birome y sobre la hora traje a Simone de Beauvoir para que haga las veces de apoyo sobre mis propias rodillas, una de ellas castigada por los promiscuos mosquitos de noviembre. El mate solitario de la tarde descansa al lado. Una tarde sin tiempos, sin apuros; una tarde a la que le amputé un buen trozo guardándome bajo las sábanas revueltas y sin descanso de anoche. Estiré las piernas un rato en realidad, dormité unos instantes. El sueño anda reacio últimamente. Después sobrevino un tiempo de vagabundeo hogareño y mental; hoy me había propuesto no salir de casa. De eso quería hablar. Me lo había propuesto casi como obligación, una imposición sin ningún tipo de sentido; aunque vale la pena aclarar que tampoco me gasté mucho en buscarle uno.

Ahora estoy de vuelta en el porche. Tenía el impulso de la escritura, de la verborragia que hace picar las muñecas, aunque no sabía cómo darle inicio. Me propuse un juego: abrir el apoya mate y jugar al azar, comenzar con la primera palabra que apareciese en el margen izquierdo del libro. Ah sí, esta tarde un libro me sirve para apoyar el mate, que a estas horas, cuando la noche se avecina lentamente, ya se encuentra lavado. El juego se frustró, no funcionó. Vaya a saber por qué Jack Kerouac menciona la palabra culo en una hoja perdida de sus relatos de viaje por el Estados Unidos periférico. Como sea, no me dí segundas chances y comencé como pude. De alguna u otra forma ya llegué hasta acá, aunque no creo en el destino de las palabras. Acá, sólo estoy físicamente. En este lugar, al frente de la casa, donde tenía algo para contar. O tengo.

Cae la noche y hace ya un largo rato que las fotocélulas de la calle despertaron a un nuevo día de sus vidas callejeras. Siempre siento que se apuran. Allá ellas, quizás cobren presentismo, pienso. La que tengo exactamente delante mío fue la primera en llegar al trabajo cotidiano. En este momento refleja en la tierra de la calle una luz que se mezcla armoniosamente con los últimos reflejos del día. Pasa una grúa de remolque. Ese episodio, para esta cuadra, equivale a un milagro de la civilización que rompe con el más absoluto silencio que se agudiza minuto tras minutos gracias a unos pocos grillos, algunos ladridos de perros solitarios y las puertas de sábado a la noche que se abren y se cierran encontrando visitas, abrazos y picadas. Cuando la grúa pasa, me detengo a observar la calle bellamente iluminada, y caigo en la cuenta que si no corro mi vista de ella, si la fijo por unos segundos, esa mezcla de luces se me representa fantástica y se expande a mi interior. Me invade un júbilo inmenso. Súbitamente, siento unas ganas irrefrenables de salir a caminar bajo esa luz, que ya se proyecta más allá de mi visión. Salir sin rumbo fijo, siguiendo las sombras de aquella luz. Salir.

viernes, 8 de noviembre de 2013

De miedos y libertad

"La libertad es el derecho de escoger a las personas que tendrán la obligación de limitárnosla."

Harry Truman


Dejás todo lo que estás haciendo. Decidiste salir a caminar para encontrarte. Hace mucho que no lográs hacerlo. Pensás que siempre estás buscándote cuando en realidad te atrasas en tu pesquisa por miedo a verte en el espejo. Hoy no, ya decidiste salir. Y lo hiciste sabiendo que quizás no te guste llegar al pie del arco iris. Tenés miedo de llegar, es imposible cerrar las heridas en un solo día, pero tenés miedo que se vuelva posible, que se figure tangible. Dejás todo. Todo desordenado, todo en espera, todo a la deriva. O eso creés. Aunque decidiste salir y estás a unos pasos, te sentís ahogado. Esos pasos no transcurren más, necesitás estar afuera. El cielo brilla, no tiene un solo algodón que te nuble los pensamientos y los pulmones se te llenan de aire. La mente también. Caminás sin rumbo y añorás algún cigarro que nunca ayuda. Deambulás lejos de caras conocidas, muy lejos de calles con recuerdos. Y pensás en dejar todo. Pero no sabés qué es todo. Eso te da miedo y te paralizás. Mejor te quedas con una de esas cosas, por si las dudas. O con dos, mejor. O con todo. O con todo y con ella. Sí, por qué no. Debe ser peor salir a caminar buscando vida, buscando miedos nuevos.

lunes, 4 de noviembre de 2013

Berretines de café


Llegó rápido al bar. Entró y se sentó en una de esas mesas que parece que esperan a los desterrados de los bares. Esas mesas con vistas a la calle, del lado de la ventana. Pero de esas que tienen algo más. No se sabe bien qué. O sí. Gente atrás tienen. Se sintió sostenido. Siempre uno se siente sostenido cuando hay alguien detrás.

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Pidieron dos cortados americanos sin entender bien en qué se diferenciaban de otros cortados, preguntándose internamente si existen cortados europeos o algo por el estilo. Se dispusieron a charlar largo y tendido.

Un mozo más joven y alto que el que había tomado el pedido acercó los cafés e interrumpió el soliloquio de uno de ellos. Hablaban lo rutinario en esas ocasiones: se lamentaban  por la cantidad de tiempo sin verse ni llamarse, se preguntaban por las respectivas familias, por algunos amigos en común y por los viejos.

- Gracias viejo – contestó el Turco- haciéndose interior y anticipadamente problema por no saber a quién dejarle minutos más tarde la humilde propina.

Siempre pasa en esos casos, te atiende alguien y el pedido te lo trae otro. Uno nunca sabe si cuando sale del bar, la propina se reparte o no. Si se pelean o no. Si el otro terminó su horario laboral o uno no le cayó bien. No es problema de los clientes en todo caso, que ya demasiado tienen con sus cosas

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El Turco levantó la mano y se sentó. Vio irse a su amigo, y recién cuando se perdió detrás de un edificio, llamó al mozo sabiendo que le iba a dejar tres pesos de propina. Si, ya lo sabía. Le hizo el gesto de la cuenta, ese que se hace como si las cuentas se siguieran escribiendo a mano. A esta altura, habría que modificarlo por un gesto que imite a los dedos tecleando esas maquinas de donde salen los tickets. Registradoras les dice. Registran lo que cuesta una charla con un amigo.

Estaba raro, pensó. Por qué se fue tan rápido. Para qué se comprometió a ir a lo de la madre si sabe que cuando se juntan están tres horas hablando. Quizás está media mal Elena, se contestó.

- Veintidós pesos jefe –se oyó la voz del mozo-
- Todo tuyo che –dijo el Turco dándole dos billetes de diez y uno de cinco-. Gracias.

Se quedó dos minutos más ahí sentado. Estaba raro Fernando, por eso no se animó a contarle. Se sintió solo. La ventana se había llenado de gente aunque no había advertido en qué momento. Parecían insectos. Pero no buscaban nada más que enterarse de un resultado de fútbol. Estaban en comunión.

Se sintió solo. Por suerte la mesa seguía ahí. Y era de esas con gente atrás. Se sintió sostenido. Solo, pero sostenido.